Por fin llegamos y caigo en cuenta que no se trata de dejarlas en la puerta del colegio nada más. En la maleta llevo dos bolsas, cada una del tamaño de mis hijas, dos colchonetas dobladas, dos morrales y dos loncheras. En el asiento de atrás van dos niñas, cada una con iniciativa propia. Lo cierto es que decido dejar el carro en el estacionamiento pago que está al cruzar la calle y al bajarnos del carro comienzo a organizarme para poder, con mis dos brazos llevar las dos bolsas y dos colchonetas dejando las manos libres para llevar a las dos niñas con sus dos morrales y dos loncheras…
Por supuesto que las niñas están concentradas en comprender la última indicación recibida: “Quédense ahí y no se muevan que estamos en un estacionamiento y no todas las personas con carro andan pendiente de los niños”. En eso pasa el encargado del estacionamiento, a quien Sophía saluda sin mayor inconveniente (era de esperarse).
Sophi: “¡Buenos días, señor! Hoy es mi primer día de clases en mi colegio nuevo”.
[No podían faltar los detalles, claro.]
A lo que enseguida agrega y cito textualmente: “Señor, usted sería tan amable de ayudar a mi madre con las bolsas, por favor”.
[PLOP] = [Esa fui yo, claro]
El amable señor y yo intercambiamos miradas y nuevamente vemos a Sophía. El señor sólo dijo: “¿Cómo no?” Y en seguida me alivió de las bolsas y nos acompañó poco más de 50 m hasta la entrada del colegio.
En algún lugar de Caracas hay un empleado de un estacionamiento contándole a su familia de la persuasiva niña de cuatro años que lo dejó sin alternativas y le consiguió ayuda a su mamá sin mayor inconveniente.
El corolario de este día fue Luci, por supuesto; su maestra me cuenta que en la tarde cuando se organizaron para la siesta, ella afirmó que no iba a dormir porque no tenía sueño y decidió sentarse en su colchoneta a esperar. Cuando se dio cuenta que todos sus compañeritos se habían dormido le dijo a la maestra “Está bien, voy a tener que dormir, pero sólo un poquito” y a penas puso la cabeza en la almohada cayó rendida.
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