Es un hecho, no soy precisamente el estereotipo de mujer que se maquilla diariamente. No uso base, ni sombra, mi mascara, ni labial. Nada. En alguna ocasión especial uso algún polvo para evitar el brillo, alguna sombra discreta y un labial de tono claro.
Mis hijas, por supuesto, al carecer de esta referencia en casa, han desarrollado una fascinación con el tema que, confieso, me abruma. Especialmente Luci, le encanta utilizar su rostro como un lienzo, especialmente si la obra es de Miró o de cualquier artista abstracto, incluidas sus compañeritas de salón.
Al menos tres veces a la semana Lucía regresa a la casa maquillada con tonos ochentosos de algún estuche viejo de alguna madre que resolvió ceder ante la solicitud de su hija. Insisto en que no es maquillaje de juguete, de tonos pasteles, a penas perceptible, NO, es maquillaje real, pasado de moda, con tonos exagerados en el blanco, blanquísimo rostro de mi hija.
Un día al llegar al colegio, una de las muchachas que trabaja en la tarde me lo informó: "No te asustes cuando veas a tu hija". Ante una frase así combinada con la serenidad y la sonrisa con la que me lo decía, no sabía como reaccionar. "La que me está asustando eres tú" le contesté. Me explicaron que las niñas no tuvieron acceso a maquillaje y lo solventaron con marcadores. Yo respiré pensando que seguramente serían los típicos marcadores lavables que usan los chamos, nada grave...
No, no eran marcadores lavables, eran marcadores fosforecentes, de los que se usan como resaltadores. A mi hija la maquilló una amiguita con un resaltador color fucsia... Ojos, mejillas y labios.
Me consolaron diciéndome: "Tranquila, no es tan grave, tienes que ver como quedó la otra. Con ella usaron el resaltador verde".

No hay comentarios:
Publicar un comentario